En este mes dedicado a la maternidad te quiero compartir parte de mi historia y cómo yo hice la reconciliación de mi energía femenina hace algunos años y que me cambió la vida.
Tengo 21 años de casada y como en todo matrimonio mi esposo y yo hicimos planes para tener a nuestros hijos y tener a la familia feliz. Después de algunos años como pareja me embaracé por primera vez, fuimos la pareja más feliz del mundo al saber la noticia, pero muy pronto esa felicidad se vendría abajo al tener un aborto espontáneo en menos de 8 semanas de gestación. Fueron días muy tristes, todas esas ilusiones se vendrían abajo sin esperarlo. Después de algunos meses lo logramos de nuevo, pero volvió a pasar lo mismo. Recurrí a un tratamiento de fertilidad y logré embarazarme otra vez, pero el resultado fue el mismo y así ¡hasta una cuarta vez! Para ese tiempo yo sentía que todo era un desastre en mí y en mi vida. Me sentía enojada con Dios, con la vida, con todo.
Seguíamos en ese proceso de duelos pero un día viajamos a Guadalajara para celebrar el aniversario de bodas de mis papás. Mi mamá me pidió como regalo para ellos que fuera a confesarme para poder comulgar en su misa de celebración; yo me negaba, yo no quería hacer eso sin saber que el regalo al final era para mí; insistió tanto que accedí y fui al templo para “confesarme”. Me atendió un sacerdote que conocía a mi familia y cuando entré a la capilla lo primero que le dije a él fue que en realidad yo no entraba a confesarme, que no era mi intención, pero que estaba ahí porque mi mamá me lo pidió. El sacerdote (un ángel caído del cielo) me dijo: “¿Así que no vienes a confesarte?, entonces hablemos, ¿qué quieres decirme?” y en ese momento le contesté: “Padre, estoy muy enojada con la vida y con Dios. No he podido darle un hijo a mi esposo, durante más de 2 años he tenido 4 abortos, la vida es muy injusta conmigo… y bla, bla, bla” yo en mi rol de víctima le dije todo lo que la vida me había negado. Y entonces él después de escucharme me dijo: “efectivamente, tienes razón, esto no es una confesión y como tal pues no hay penitencia. Lo que si te digo es que para que tu vida como mujer cambie debes reconciliarte con tu parte femenina”. Escuchar eso para mí fue como sentir un shock eléctrico en mi cabeza y le dije: “¿Cómo que reconciliarme con mi parte femenina?. Me contestó: “Si, te recomiendo que ahorita te vayas a un lugar del templo donde nadie te interrumpa y te reconcilies con toda tu energía de mujer, con tus órganos femeninos y con todo tu cuerpo, porque lo único que hay en ti es tu energía femenina bloqueada y así tu cuerpo no sabe cómo organizarse para ser madre”. Esa información para mí fue como el antídoto a todos mis males, hice lo que me recomendó. Fui a un rincón del templo y como nunca en mi vida, conscientemente, visualicé cada parte, cada órgano, cada célula de mi cuerpo y fui pidiéndoles perdón, después los visualizaba sanos, con mucha energía y me perdonaba también a mí misma por haberme abandonado, por haber vivido por mucho tiempo rechazando la parte de mi feminidad. Y al hacer esa reconciliación ¡todo cambió! En los siguientes 2 meses recurrí a un nuevo doctor para una revisión, todo estaba perfecto y logré de nuevo embarazarme ¡ahora sí sin ningún contratiempo! Fue un embarazo hermoso, sin molestias, al contrario, todo lleno de vitalidad. En el 2007 nació mi primer hijo y para el 2009 mi segundo hijo de igual forma con mucha paz y amor en todo el proceso.
Me di cuenta que cuando te reconcilias con esta energía comienza a florecer, se expande dentro de ti, mostrando todo su esplendor. Cuando la integras, surge la diosa, aflora tu belleza, libre, humilde y poderosa a la vez.
Así que independientemente a que quieras ser madre o no te invito a que tú también lo hagas. Vale la pena reconciliarte con lo que la vida te da.